Uno de cada
Suben, en este orden, a la diligencia — como quien dice: entran a un bar un algo y un otra cosa, preparando el terreno para la comedia — , un conductor verborrágico, un alguacil taciturno, una prostituta, un vendedor de whisky, un doctor alcohólico, la señora esposa de un señor comandante, un tahúr ex-confederado, un banquero con los ahorros de todo un pueblo y un fugitivo. La premisa es cautivante — los más dispares personajes viajando en grupo de A a B — y el remate es una extensa travesía por el ralo desierto norteamericano. Extensa, digo, de por sí, pero también porque la diligencia avanza y se detiene, avanza y se detiene, avanza y se detiene unas cuatro veces, y casi pareciera que avanza para detenerse, porque es en las pausas para estirar los pies, comer algo, y relevar los caballos donde las tensiones terminan de tensarse y las afinidades de afinarse. No es que durante el trayecto esto no pase, porque sí pasa — el tahúr y el doctor alcohólico, ex-combatientes de bandos opuestos, ejecutan una Guerra de Secesión abreviada; la prostituta y el fugitivo se reconocen el uno en el otro como pares y como parias a ojos de los demás — , pero no hay mucho espacio físico para el despliegue corporal. Y es que, últimamente, en lo que me quedo pensando después de terminar una película es en el trabajo con el cuerpo: la sutileza de un gesto, los matices de un llanto, una cara que se tuerce distinto, una pierna que se pasa por encima de otra; todo eso que se mueve en una frecuencia que no es la habitual. Podría contarles de algunas miradas — esa que empieza todo entre el fugitivo y la prostituta, o esa que encuentra al tahúr y a la señora — , pero no quiero hablar de eso, no hoy, no todavía, entonces me detengo, como la diligencia, en las paradas intermedias, donde los ojos miran pero no tan en primer plano, donde los cuerpos trabajan su materia en el espacio.
La primera parada es Dry Fork. Hay abrazos, caminatas, un barra y una mesa en la que se come, se vota y se hace esto: la señora esposa, el tahúr y el banquero se levantan de su lugar, caminan unos pasos y se sientan en la otra punta; no tan lejos, pero lo suficiente. ¿De qué? De la prostituta — y del fugitivo, de paso, porque por las dudas, porque para qué arriesgarse. El desprecio que antes era solo insinuación y sobreentendido ahora crece simplemente porque hay más lugar para que lo haga. La segunda parada es Apache Wells, y la cosa es todavía más bruta: un cuerpo cae desmayado, otro ingiere cantidades absurdas de café para purgar la borrachera, una garganta mexicana de piel nativa canta la melancolía de un pueblo, cuerpos comen, duermen, huyen, se confiesan a la luz de la luna y aparece, para sorpresa de todos, un cuerpo más, un cuerpo bebé, recién nacido, frágil. Lo que sigue es Lordsburg, final del recorrido. Simple de decir, complicado de ejecutar: el ferry que los va a cruzar por el río está destruido — vean, acá cerca, el cadáver empalado de una pobre chica; vean, allá lejos, diminutos caballos que se mueven, brillos metálicos de arma larga — y lo que llega, después de cruzar, es lo inevitable: el asedio de los apache. Acá no hay parada, porque parar es morir — y seguir, viendo la situación, también, pero un poco menos — , y sin embargo es acá, en el casi llegar, donde se ejecuta la verdadera danza de los cuerpos. Porque los de los nativos son cuerpos contratados especialmente por su corporeidad, cuerpos viriles que someten su carne a la arena del desierto y que hacen todo lo que los demás no podrían: cabalgan a toda velocidad, saltan con los caballos, saltan de los caballos, caen ellos, caen los caballos, ruedan, mueren, mueren más, mueren mejor, apuntan, disparan, aciertan, erran, son disparados, acorralados, sometidos, asesinados, obliterados, sobornados, humillados, desterrados — digan ustedes en qué coma termina esta ficción — y todo eso a la velocidad de una estampida eterna.
La muerte, que aparece en esta secuencia como reina y señora, se derrama sobre la siguiente como un sangrado inevitable. El fugitivo reclama la justa venganza en la calle del pueblo, y lo hace, si se acuerdan, tirándose de cabeza a cámara, como si se revirtiera la situación inicial, porque cuando la cámara lo encuentra por primera vez, allá por el comienzo, es ella la que se le abalanza encima como una fiera salvaje — poniéndole, de paso, rostro a un género — , y ahora es él la que la busca a ella, como si supiera que para sortear la desventaja numérica — tres a uno — tuviera que entregar en sacrificio un último gran movimiento, una última gran hazaña, un par de moretones en un cuerpo todavía joven, fresco, nuevo. Y no duda, lo hace: acecha a la cámara con la vista clavada en su presa, prepara el arma, y lo hace. Cae, como un apache, como una serpiente, cuerpo a tierra y protegido por la ficción. Lo que vemos, en seguida, es el después: el fugitivo vuelve, victorioso, a los brazos expectantes de la prostituta. Y se van, porque ya está, porque el viaje de ambos está cumplido, porque su viaje no era ir de A a B, sino ir a B a buscar a alguien — el de él — , y escapar de A — el de ella — , y como la película es, también, una película de cuerpos viajando, ahora tienen que comenzar otro, y qué mejor que hacerlo, claro, con alguien a quien recién apenas se está aprendiendo a amar.

